Lo anecdótico convertido en un planteamiento del problema

El hombre no llega nunca a darse cuenta de lo antropomórfico que es.

Goethe

Mientras caminamos por el barrio rumbo a un partido de fútbol,2 un compañero (que de ahora en adelante llamaremos con el seudónimo de Roberto) nos señala lo siguiente, dice apuntando: Esa camioneta parece como si fuera para secuestrar personas. Resultó llamativo porque nosotros,3 dos días antes y sin decirle absolutamente nada a Roberto, habíamos pensado algo muy similar al ver una camioneta distinta en un lugar y hora diferentes. Por nuestra mente también cruzó la idea: Esa camioneta bien podría servir para secuestrar. Tenemos entonces dos observaciones, de dos sujetos distintos, de dos objetos-camionetas diferentes, en dos puntos espaciotemporales separados, pero con una misma conclusión. En ese sentido, la pregunta de investigación de este artículo es ¿por qué vimos lo que vimos y llegamos a esa misma idea? Es decir, por qué no solo vimos una camioneta con N características irrelevantes al punto de pasarla desapercibida y ni siquiera recordarla, y en cambio, en nuestra consciencia, se presentó el fenómeno de esa manera, con una lectura añadida, una interpretación. Para tratar de responder la pregunta, con base en esa experiencia y bajo un ejercicio de reflexividad, decidimos hacer una entrevista a Roberto.

Nuestra hipótesis, desde un enfoque fenomenológico, plantea que nuestra consciencia está narcomorfizada, es decir, que actúa como un acervo barrial de conocimientos defensivos, como táctica inconsciente de supervivencia contra la violencia de actores como el crimen organizado. Este acervo, añadimos, es producto de un trasfondo histórico que ha formado con su devenir, aquello que somos, manifestándose en las reglas de lo pensable, lo actuable y lo decible en la vida cotidiana de nuestro tiempo presente. Dicho de otra manera, mentamos los objetos tal como lo haría un narco en México, pero no para cometer los mismos crímenes, sino para evitarlos. Es como si tuviéramos unas anteojeras que nos hacen ver el peligro a modo de prevención, de advertencia que surge de forma natural en un sentido de reacción cultural condicionada, como una especie de brújula que permite desplazarnos en el espacio-tiempo del barrio a partir de la pauta que el narco ha impuesto.

Es por lo anterior que el alcance de este artículo es exploratorio, en la medida en que tratamos de descifrar y teorizar, he ahí el corazón de nuestro problema de investigación, por qué dos habitantes de una colonia popular de Guadalajara llegaron no por coincidencia, sino por tendencia socioantropológica, al mismo pensar, a la misma cogitación: esa camioneta podría servir para secuestrar.

Estado de la cuestión y justificación

Si el estado del arte es lo que ya se ha dicho sobre un tema en un determinado campo de la ciencia, para, a partir de ahí tratar de generar nuevo conocimiento, el corte específico que guía nuestro repaso de antecedentes, tanto por el tema como por el enfoque teórico-metodológico, es un cruce entre narcocultura, vehículos y fenomenología. No ignoramos aquí los amplios objetos que abarca la narcocultura como disciplina de estudio en las ciencias sociales (cine, música, literatura, videojuegos, internet, moda, arquitectura, religión, etc.), pero nos ceñiremos al punto concreto que hemos delimitado para después en las conclusiones, esbozar algunos de los posibles alcances a partir del caso particular propuesto. En ese sentido, nuestra principal y casi única interlocutora es Mondaca (2018) con su artículo “La fenomenología de la narcocultura y su universo simbólico”, quien a propósito del cruce específico mencionado que guía nuestra pesquisa, afirma que:

De los objetos notorios vinculados a la narcocultura están las camionetas y autos de lujo, generalmente blindados; avionetas y helicópteros (ya sea como instrumentos de trabajo, o bien, de uso y consumo suntuoso o de placer). En estos objetos se resignifica la idea mercantilista de consumo que simboliza un tipo de hedonismo, pero también encarnan poderío por cuanto representa, en términos monetarios y de poder adquisitivo, poseer un vehículo de lujo y costoso, se trata de mantener un estatus en las estructuras internas y externas del grupo de pertenencia y en la sociedad que, por un lado, los estigmatiza, y por el otro, los tolera e incluso los admira (Mondaca, 2018, p. 83).

En comparación con el problema que hemos planteado al inicio, vemos que la cuestión de los vehículos se aborda exclusivamente desde el punto de vista de su portador y lo que significa, lo que representa el conductor junto con el carro que maneja. Según la autora se destaca la idea de consumo, hedonismo, mercado, capacidad de compra y cómo eso se traduce o refleja en ostentación de poder. Sin embargo, observamos que no aparece nada sobre cómo es posible que quienes no poseen y ostentan esos vehículos, esos signos, hagan distintas lecturas más allá de estos elementos que menciona la autora. Es decir, en nuestra introducción, cuando se menciona que vimos las camionetas y pensamos que bien podrían servir para secuestrar personas, no pensamos en eso que señala Mondaca. No vimos lujo y probablemente se debe al tipo de camionetas que observamos y cuyos detalles ya abordaremos. Tampoco pasamos por la idea de admiración, tal como menciona la cita textual. En cambio la de estigma sí, pero solo como conjunto de signos y pre-juicio,4 cuya lectura insistimos, es diferente a lo que la autora nos dice con su análisis. En suma, identificamos una pieza faltante en un rompecabezas que no encaja de entrada por su diseño.

Si seguimos con la pesquisa para nuestro estado del arte por aproximaciones similares, aunque no sean estrictamente con un enfoque fenomenológico, encontramos el artículo “Los problemas empíricos de la narcocultura como concepto para el análisis de la violencia, el consumo y la corrupción en Colombia”, cuyo autor, para el caso de ese país, afirma lo siguiente:

con el narcotráfico llegan también nuevos objetos de consumo que se popularizan en la población […] Uno de los productos es […] la narcotoyota. En Colombia estas camionetas fueron popularizadas a partir de la década del 80, lo cual coincidió con la popularización mediática del narcotráfico. […] se piensa que el uso de estos vehículos obedece a la identificación que sienten los colombianos con la cultura narco […] Frente a lo anterior se puede encontrar un gran problema […] el uso de estas camionetas obedece a una forma de ostentación a través del consumo, pero no queda claro de dónde puede provenir la idea de que estas camionetas simbolizan estatus. ¿Acaso los narcotraficantes se encargaron de dotar de cualidades sociales a una mercancía como una camioneta? […] a partir de 1982 las ventas de estos vehículos se dispararon en países como Estados Unidos, llegando a ser los […] más vendidos […]. La ventaja que estos vehículos tuvieron sobre otros fue la posibilidad de mostrarse como objetos que reflejaban poder (un vehículo “indestructible”), pero que a la vez eran lujosos y podían ser utilizados en la ciudad […]. Precisamente esas cualidades que se le atribuyen al narcotráfico coinciden con las características a partir de las cuales se daba el mercadeo de estas […] Por lo tanto, no resulta preciso hablar de la narcotoyota, pues no solamente fueron populares en los narcotraficantes latinoamericanos sino también en países como los Estados Unidos; […]. De esta manera puede encontrarse entonces que varios de los elementos que son establecidos como parte de una estética narco y sus dinámicas de consumo, obedecen más al mercado capitalista (Sandoval, 2020, p. 52).

Observamos que el enfoque de Sandoval es similar al de Mondaca. Hablamos de subjetividad y significados, pero desde el punto de vista del portador de la camioneta como signo de poder, en este caso, anclado al factor explicativo del capitalismo, dando como resultado que uno de los sujetos más interesados en trasmitir ese mensaje que el mercado ofrece, es decir, fuerza y estilo, lo militar y lo urbano, lo bélico y lo sofisticado, es el narco. No obstante, aquí nos encontramos en el campo del juicio estético, lo cual conlleva un aire exotizante y clasista,5 del que nada nos dice aún del observador de ese signo de poder en la vida cotidiana de un barrio popular, es decir, del transeúnte o incluso otros automovilistas con carros “normales” que hacen lecturas diferentes, interpretaciones distintas ante lo que la literatura disponible nos dice.

En ese sentido, podemos afirmar que ante la falta de estudios que aborden esta cuestión desde el punto de vista que proponemos (el de sujetos que reconocen potenciales peligros cual acervo defensivo debido a una conciencia narcomorfizada producto de la experiencia histórica como devenir manifestado en la vida cotidiana del barrio) estamos frente a un vacío que justifica el presente artículo, en tanto que las investigaciones precedentes solo se centran en lo que representa el sujeto portador de la camioneta como deseo de ostentación, a partir de la tesis reincidente y ya en un punto de saturación, del mercado, la modernidad y el capitalismo (Sandoval, 2025; Vásquez, 2024; Becerra, 2023; Valencia, 2017; Córdova, 2005). Falta la contraparte en su relación dialéctica del sujeto que sí, reconoce ese conjunto de significados, pero también algunos otros que no aparecen en la literatura disponible. Dicho de forma más sencilla, la ostentación de fuerza y poder adquisitivo son los temas e hipótesis que ya se han elaborado para el caso del narco ya sea en Colombia o México, pero esto poco nos ayuda a responder nuestra pregunta de investigación sobre por qué unas camionetas con N características hacen aparecer la idea de que podrían servir para secuestrar.

Hay otro conjunto de trabajos que también son aproximados, pero que por alguna u otra razón no son propiamente antecedentes de lo que aquí proponemos. Por ejemplo, el trabajo de Wright (2018) sobre antropología vial, tiene el enfoque cultural respecto a la movilidad de tránsito en Argentina. Como aparato teórico resulta útil para pensar el desplazamiento de lo que el mismo autor llama cuerpo máquina, cuya tesis central es que manejamos como somos y que los vehículos son una extensión de la propia persona marcada por la historia y las relaciones de poder sociales que lo atraviesan, sin embargo, es claro que aquí se aleja de nuestro objeto de estudio debido a la falta de un actor como las organizaciones criminales del narcotráfico que, siguiendo este lenguaje pero trasladado a nuestra hipótesis, marcarían la nueva cultura vial de las personas en función de sus pautas, su dominación y control del espacio-tiempo.

Por otro lado, podemos encontrar propuestas como la de Rotker (2019) en Ciudadanías del miedo, quien afirma que “la víctima-en-potencia es de clase media, es de clase alta, es de clase baja: es todo aquel que sale a la calle y tiene miedo, porque todo está podrido y descontrolado, porque no hay control, porque nadie cree en nada” (p. 207). Más allá de la cuestionable homogeneización que ignora la clase social como factor que influye en los destinatarios de la violencia, podemos apuntar a que no se trata de un descontrol caótico tal como la autora afirma, sino lo contrario para el caso específico que nos interesa, el establecimiento de unas reglas por parte del narco cuya predictibilidad dan cuenta una vez más del dominio.

Además de esto, en clara alusión a De Certeau, Rotker habla de pensar las calles como un texto, con sus pausas, interrupciones, paréntesis y errores ortográficos, analogía útil si no fuera porque se dispersa en el sinfín de violencias que atraviesan una ciudad. La abstracción carece de concreción de trabajo empírico, a tal punto que como la misma autora reconoce, su ensayo se centra más en ficciones narrativas como crónicas de lo que acontece. No obstante, desplazados al plano de la literatura, ¿cómo podemos separar entonces aquello que es verdad de lo que es verosímil pero imaginado por el autor? En términos de ciencia social, no es ni siquiera el problema la fuente, sino el enfoque metodológico para su análisis que parte de las representaciones sociales, cayendo en un bucle infinito de la representación, de la representación de la representación. Finalmente, podemos señalar, no sin una precisión a manera de crítica, que la autora se acerca a lo planteado en nuestra introducción cuando afirma:

La inseguridad subjetiva ha sido menos estudiada que la objetiva, pero es fundamental para comprender la problemática de la violencia urbana. Por medio de ella podemos conocer las formas en que la población orienta sus prácticas y representaciones ante la probabilidad de experimentar algún hecho delictivo. Este carácter subjetivo se manifiesta “objetivamente” a través de las narrativas construidas por las personas para comunicar sus opiniones, juicios, valoraciones y actitudes. En ellas se entreteje el acervo de conocimientos en torno a la inseguridad y la violencia alimentado por las experiencias directas o indirectas, reales o imaginarias (Rotker, 2019, p. 103).

Observamos que aparece la cuestión incluso del acervo, pero hay un detalle importante que nos distancia de la autora. Además de reiterar la especificidad en torno al narco como actor social relevante, no se teoriza la cuestión del conocimiento. Desde una concepción materialista, este saber no científico nunca parte de lo imaginario como abstracción, ni es una intuición idealista, sino que en primer lugar emana de la experiencia concreta, es decir, no debemos confundir la causa con el efecto. De ahí que como más adelante veremos en el análisis, eso que des-conocemos, que no sabemos que sabemos, la narcomorfización de la consciencia, nos hace desplazarnos en el espacio de forma razonable mas no racional.

Lo anterior nos lleva por último a trabajos como el de Nieto (2014) o el de Fuentes y Rosado (2008) titulados respectivamente 1) La construcción simbólica del miedo en la ciudad de México y 2) La construcción social del miedo y la conformación de imaginarios urbanos maléficos. El parecido de los títulos deja entrever algunos puntos ya señalados: la abstracción de diversas violencias que abarcan distintos actores que no aterrizan al de nuestro interés, desde el priismo hasta el zapatismo, pasando por la migración y las juventudes discriminadas. Para el caso de Fuentes y Rosado esto se debe por supuesto al tiempo en que escriben, 2008, justo cuando el narco recién se convertiría en el principal problema del país en términos de seguridad. Sin embargo, el más relevante punto de crítica, aunque reincidente, es el siguiente: “la trama semántica de la incertidumbre se asocia al miedo, más para hacerlo requiere de un operador lógico: el peligro” (Nieto, 2014, p. 39). Esto nos llevaría a pensar que, para nuestro caso, es justo al revés: la fase de dominación del narco en Guadalajara, Jalisco, es tal, que entonces ya no hay incertidumbre semántica, pues si se quebrantan sus leyes, la consecuencia es predecible. Aún si no se produce el castigo, el simple hecho de que se presente en nuestra mente la posible pena correspondiente, es ya síntoma de ese hecho y la hegemonía cultural del narco. En ese sentido, la narcomorfización de la consciencia que proponemos no es reflejo de una construcción social del miedo, sino su ausencia, con base, paradójicamente, en el terror ya sedimentado que, por esa misma razón, (no) se manifiesta de forma inconsciente.

Marco teórico-metodológico

El cierre del estado de la cuestión nos lleva entonces directamente al apartado conceptual y metodológico para precisar cómo hemos llegado al término, que debemos decir, nosotros hemos acuñado, narcomorfización, así como especificar la definición de otros términos que operacionalizaremos en nuestro análisis fenomenológico. Añadimos que dichos conceptos aquí solo serán mencionados en abstracto, para dejar asentado qué debemos entender cuando se los menciona y tratar de limitar lo más posible vaguedades confusas.

De entrada, debemos tener presente que el principio de René Descartes expresado en el pienso luego existo en el que se basó Husserl (2016) para sustentar su método fenomenológico, es decir, las cogitaciones como punto de partida, como objeto indudable que puede ser estudiado independientemente de si aquello que se piensa es verdad o falso, con énfasis en las condiciones de posibilidad del fenómeno tal como es aprehendido en la consciencia y la subjetividad que expresa, es decir, con una interpretación (poniendo entre paréntesis la posibilidad idealista de la inteligibilidad), es lo que después Schütz (2003) retoma como base para su sociología comprehensiva a partir de lo que el mismo autor nomina como actitud natural.

Este último concepto consiste en la vida cotidiana que damos por sentada, asumiendo que es así y debe ser así, en lugar de preguntarnos por qué es así, como, por ejemplo, cuando Roberto y nosotros pensamos de forma automática en la potencialidad criminal de dos camionetas distintas. En este caso nuestra actitud natural llegó por sí sola a esa conclusión de forma inmediata en cuanto aprehendimos dicho objeto en la mente. El fenómeno se nos presenta con esa interpretación, lo cual es indicio de unas condiciones de posibilidad específicas que se busca explorar y para lo cual la fenomenología resulta pertinente metodológicamente, pues trata de descifrar las estructuras de sentido preexistentes, si se quiere, naturalizadas en su devenir que dan forma a la experiencia subjetiva, lo que permite comprender cómo el entorno de la violencia y su experiencia se ha sedimentado gradualmente en la consciencia.

Otro concepto que nos será útil también de Schütz (2003), es el de acervo de conocimientos. Esto viene a significar una especie de repertorio con base en experiencias previas que permite decodificar situaciones y actuar en consecuencia. Rodríguez (2011) en su lectura de este autor para clarificar su aparato conceptual, identifica tres momentos de cómo funcionaría teóricamente el acervo, lo cual consiste en la observación, interpretación y la acción. Esto debemos recordar es meramente conceptual, porque como veremos en el análisis los tres momentos son prácticamente simultáneos. La tríada de conceptos no se dan por generación espontánea y el actuar pragmático que generan, o, mejor dicho, que son, sino que proviene de lo que podríamos nombrar, siguiendo a Koselleck (2001), un espacio de experiencia que genera un horizonte de expectativa. Por supuesto el trasfondo que es y conforma la experiencia incluso supera el nacimiento de los sujetos que lo encarnan. Es tan amplio que trazar todo ese devenir es un trabajo distinto en el cual actualmente ya estamos trabajando. Sin embargo, esto lo mencionamos para aclarar que nuestro estudio exploratorio tiene una dimensión histórica, que los fenómenos, tal como se presentan a nuestra consciencia, las cogitaciones, han sido formaciones (de ahí el concepto de narcomorfización) a lo largo del tiempo como pre-juicio, no en su acepción peyorativa, sino en su sentido de marco contextual previo. Aclarado esto, en este artículo nos limitaremos a analizar el significado de tiempo presente de esa narcomorfización.

Continuando con la enunciación de nuestras herramientas teóricas, del anterior proceso surge lo que Schütz y Luckmann (2001) nombran como tipificación, que vendría a ser el cómo a partir del acervo y su puesta en práctica en los tres momentos de observación, interpretación y acción, se llega a una clasificación lingüística que se comparte con el endogrupo y que precisamente porque se comparte debido a un proceso de socialización común, es que hay significados propios de una cultura que a sus miembros les permiten comunicarse entre sí, pero que en su sobreentendido semántico en la lógica del endogrupo, no necesitan explicación para los que forman parte de ese “nosotros”. Son precisamente esas “obviedades” el reto de traducción teórica que buscamos develar en el análisis que presentaremos en este estudio exploratorio.

Es por lo anterior que calificamos nuestra investigación como de tipo endoetnográfico. Siguiendo a Van Ginkel (1994), este consiste en un investigador que estudia su propia cultura de origen, pero hace énfasis a diferencia de la autoetnografía, no en la experiencia particular biográfica, sino en lo que en el yo está inscrita o dice de la cultura de la que se es parte. No es pues un ejercicio de lo anecdótico que evoque un sentimentalismo nativo, sino la teorización reflexiva que trata de dar cuenta del lugar de enunciación al punto de hacer del nosotros, precisamente contra el egocentrismo ingenuo, aquello que tenemos de genérico. En ese sentido, nuestro principal desafío al momento de hacer endoetnografía se resume como el problema de la toma de distancia de la propia cultura a riesgo de naturalizar aquello de lo que pertenecemos. De ahí que hayamos utilizado la fenomenología y su técnica de puesta entre paréntesis (epojé) para hacer un primer intento exploratorio.

También es en relación a lo anterior que el concepto de cara a cara (Schütz y Luckmann, 2001), nos resulta útil, pues con el análisis de la entrevista entre dos miembros de un mismo barrio-endogrupo en que se confrontan a sí mismos, podemos comenzar a generar, también siguiendo a Schütz (2003), explicaciones teóricas que podríamos llamar de primer, segundo y tercer grado. Es decir, la síntesis de ese choque que es la entrevista resulta en un esfuerzo reflexivo que produciría traducciones conceptuales para tratar de responder nuestra pregunta de investigación: ¿por qué pensamos lo que pensamos con respecto a esas camionetas? Dicho más técnicamente en lenguaje fenomenológico, ¿por qué esa cogitación de que podrían servir para secuestrar se manifiesta en dos personas?

Esto en lo que respecta a la teoría, queda por agregar algunas precisiones sobre la entrevista que hemos hecho a Roberto para responder la pregunta. Detalles técnicos es que la letra “R” en los fragmentos citados, la usamos para representar lo dicho por Roberto, mientras que hemos decidido dejar la “O” para identificarnos a nosotros mismos, pero de forma externalizada, como toma de distancia. Insistimos en que no se trata de colocarnos como centro de una investigación narcisista y desatención gratuita a la recomendación de escritura en tercera persona, sino para hacer énfasis en la problematización del endogrupo ya mencionada. Respecto a las circunstancias de la entrevista, siguiendo a Goffman (1997) en sus consideraciones antropológicas sobre cómo los tiempos, espacios y tipo de relación influyen en la actuación de una persona, algunas notas son importantes.

La primera tiene que ver con el lugar, la entrevista fue hecha en un bar de clase baja alta de Guadalajara en el que nos encontramos con Roberto, un joven tapatío de 22 años. El ambiente relajado de una cervecería, considerando también que somos amigos desde hace cuatro años, se ve contenido por el hecho de que Roberto se sabe entrevistado y con la grabadora-celular a la vista. Da la impresión de que al inicio sus respuestas tratan de ser más elaboradas de lo que expresaría en una charla coloquial. Al mismo tiempo es necesario reconocer que como entrevistador asumimos un papel que oscila entre el amigo de Roberto y la figura del pretensioso científico social que intenta cuestionar a su entrevistado suspicazmente, influyendo así también como audiencia-actor en nuestro interlocutor y viceversa. Esos pues son los papeles dramatúrgicos que asumimos Roberto y yo considerando el escenario que nos convoca.

Por otro lado, en cuanto al tiempo, la entrevista fue hecha el 13 de febrero de 2026, es decir, antes de que ocurrieran los narcobloqueos del 22 de febrero del mismo año, a raíz de la muerte del Mencho, quien hasta entonces era líder del cártel que controla la ciudad de Guadalajara. Este hecho que algunos han llamado el jericallazo sin duda hubiera cambiado el sentido del discurso tanto de Roberto como nuestro. No obstante, no vemos esta circunstancia como algo negativo, por el contrario, hemos decidido conservar el sentido original del borrador de este artículo que fue escrito previo a ese día, porque nos permite identificar con mayor claridad la normalización de una consciencia narcomorfizada. El 22 de febrero sin minimizarlo en sus consecuencias, fue un día que ha hecho más evidente y explicitado cómo el narco impone la pauta de nuestra forma de ser, ver, pensar, actuar, hablar, oír.

Por último, debemos agregar que no hemos usado para este artículo toda la entrevista grabada, la cual consistió en una sola sesión con dos horas de duración, sino solo dos fragmentos que son los más relevantes para el punto específico en cuestión. En este mismo sentido, también debemos prevenir al lector que la transcripción no contiene los énfasis, exclamaciones, gestos y demás elementos corporales importantes, por lo que, para el análisis, nos ceñiremos a lo estrictamente dicho en la entrevista.

Cabe destacar finalmente que la validez de la hipótesis aquí ensayada no descansa en la exhaustividad cuantitativa de la muestra, sino en la profundidad analítica de la disección fenomenológica de apenas dos fragmentos de entrevista seleccionados. Al igual que el argumento sobre el cisne blanco de Todorov (2020), la acumulación exhaustiva de datos idénticos resulta intrascendente cuando el fenómeno se define por la excepción a partir de una característica que luego pueda ser encontrada en más casos. No es pues que necesitemos encontrar que todos los cisnes sean blancos, sino apenas encontrar uno con un ala negra para ensayar una respuesta de por qué eso es así para hacerlo extensivo a casos similares, pese a que nunca los recolectemos absolutamente todos. Nuevas particularidades surgen y el conocimiento científico avanza. Esto es especialmente relevante si se recuerda nuestro estado de la cuestión, en donde había una saturación de las explicaciones que repetían respuestas porque la naturaleza misma del objeto que definían es, de entrada, distinta a nuestro cisne blanco con alas negras.

Breve contextualización del barrio

Previo al desarrollo analítico propiamente dicho, queda por contextualizar el barrio mencionado al inicio donde se da el fenómeno en cuestión. Dado que hemos dicho que el anonimato es para evitar la exotización del lugar y así hacer énfasis en la generalidad antropológica, nos limitaremos a mencionar un par de coordenadas geográficas y económicas.

Lo primero es que se trata de un barrio del oriente de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México. Esto de forma general se puede entender con el dicho estigmatizante que divide a la ciudad en dos, es decir, aquel que reza: de la calzada para allá. Esta frase denota segregación histórica racista devenida clasista, pues en el lado poniente de Guadalajara durante la época colonial de lo que hoy es México, vivían los españoles y del otro lado, es decir, de la calzada para allá, los indígenas. El barrio en cuestión se encuentra en ese lado. A esto debemos añadir como segunda coordenada espacial que se trata de una colonia que se encuentra dentro del anillo periférico de la ciudad, una de las principales vías de comunicación automovilística. Es decir, su posición marginal se ubica en el cruce de estas dos grandes fuerzas geográficas urbanas.

Lo anterior puede hacer pensar que entonces hay lugares peores, precisamente más periféricos, lo cual es cierto, pero debemos prevenir contra el argumento ya denunciado por Bourdieu (2013), de la comparación hacia abajo con la evocación de la gran miseria del mundo para minimizar las violencias de un X lugar con el falaz argumento: siempre puede ser peor. Dicho esto, debemos mencionar entonces que se trata de un lugar cuya población es asalariada o vive de pequeños negocios locales ya sea ambulantes o fijos en una economía principalmente interna. Hay puestos de papas fritas, tacos, crepas, flautas; así como negocios también locales como la tortillería de la esquina, la tienda de abarrotes, el mecánico, la estética, la farmacia, la panadería, la verdulería, la tienda de aguas, etc. El comercio más grande que podemos encontrar es un local de la marca Oxxo que se ubica en la frontera de la colonia, es decir, en la esquina de la avenida más cercana donde comienza el barrio.

Por último, en cuanto a la violencia, debemos añadir que se trata de un lugar donde, hasta donde hemos podido contabilizar, ha habido, al menos, ocho personas desaparecidas en los últimos nueve años. En cuanto a los asesinados, carecemos del dato, solo podemos añadir que son muertes cuyo anonimato y precarización como vidas cuya matriz de inteligibilidad califica como no dignas de ser lloradas, se refleja en los periódicos de nota roja, que son los únicos que dan la noticia, si es que se le puede llamar así, a la información que dan en sus titulares sensacionalistas acompañados de albures irónicos que carecen de un mínimo criterio de ética solidaria. Ese es, de forma breve, el lugar en cuestión.

Discusión y análisis: La entrevista cara a cara

O: ¿Te acuerdas cuando me hablaste de la camioneta?

R: ¿De secuestradores?

O: Sí, que uno ve cosas.

R: Ajá, que, a lo mejor, o que tal vez creemos que todos ven.

O: Ya ves que te dije que también pensé lo mismo de una camioneta.

R: Exacto.

O: ¿Cómo explicarnos esa madre?

R: México mágico.

O: Pero ¿qué más?

R: A ver, estamos aquí en México. Estados Unidos también está muy arraigado a nosotros. He visto más de una que otra película en la que a un niño lo secuestran en una camioneta, una furgoneta, muy minivan.

O: ¿Te parece una idea gringa, entonces?

R: Me parece un poco una idea gringa, pero también se ha visto mucho aquí, películas mexicanas, series de narcos…

O: ¿Crees que tiene que ver con el narco?

R: Puede ser.

O: Es que ya habíamos pensado que “quién nos había hecho tanto daño”.

R: Sí.

O: ¿Por qué no pensamos, no sé, que es…? O sea, lo que a mí me extraña es que vemos algo así y pensamos inmediatamente en eso.

R: Exactamente, ¿en qué? ¿En qué es como para secuestrar?

O: Que hay peligro.

R: Pues nuestro cerebro, yo creo, pasa nuestras… pasan señales como de alerta en lo que él considera una amenaza. Y yo creo que a lo mejor considera una amenaza por lo que hemos visto de películas y eso. Es como la oscuridad, hay gente que le tiene miedo a la oscuridad. No hay nada, pero hay cosas en la oscuridad que no están. El cerebro te manda señales de alerta para estar como de atento, ahí puede haber algo.

O: Trucha.

R: Ajá.

Este es justo el primer fragmento íntegro de la conversación grabada, es la apertura, es la base sobre la que vamos a tratar de entender lo sobreentendido. Ambos pensamos lo mismo, vimos una camioneta en diferentes momentos del espacio y el tiempo y llegamos al mismo pensar, la misma cogitación por separado. ¿Por qué? De entrada, la primera respuesta de Roberto ante la pregunta explícita es: México mágico. En su carácter de tipificación se presenta precisamente como un lugar común. Además, tiene un carácter exotizante que tiene esa cualidad por el rasgo de sugerir que, en México, pasan cosas surrealistas como combinación de la pobreza y sus soluciones cotidianas para poder sobrellevarla. Cierto clasismo inconsciente se cierne sobre la explicación más inmediata, la cual no deja de ser sugerente, en el sentido que son las clases sociales más bajas las que deben lidiar mayoritariamente con las violencias del día a día para sobrevivir en la ciudad.

Por otra parte, Roberto sintetiza con esa frase el problema de forma acertada, pero solo a partir de la perspectiva interna de la cultura que somos, la del endogrupo. Nosotros lo comprendemos porque compartimos el código y por eso es un lugar común a partir del cual no logramos desbrozar qué significa exactamente. El sobreentendido aquí es el ocultamiento, una expresión que de tan abarcadora por su abstracción para todo fenómeno en México explica mucho, y, por lo mismo, muy poco. Ya da cuenta del lenguaje en sus atajos dentro de una cultura para explicarse, a sí misma. El reto es la traducción, darle sentido a nuestra inconsciencia endógena. De tal forma que cuando pedimos a nuestro interlocutor que desarrolle su respuesta inicial, aparece la explicación de la influencia de la televisión y el cine en películas de Estados Unidos con camionetas tipo minivan o camión de helados, así hasta llegar al tema del narco, pero aún en el plano audiovisual.

Luego hacemos una afirmación: Quién nos ha hecho tanto daño. Aquí de nuevo aparece lo tácito en el cara a cara de una experiencia y lenguaje compartidos de tipificaciones sobreentendidas donde se observa también que el rol de entrevistado y entrevistador se va difuminando. Precisamente porque el lenguaje compartido al ser parte del endogrupo sirve como atajo de la abstracción teórica que buscamos, aquí ya se expresa ese sentido de modificación tramposa. En la conversación nos referimos (y nuestro interlocutor lo entiende, he ahí lo tácito, por eso no hay necesidad de explicárselo) no tanto a un daño explícito y físico, sino a una perturbación a nivel intuitivo con base en la experiencia, es decir, lo siniestro de una cotidianidad en este ejercicio de reflexividad y lo que subyace en esa actitud natural. Aún más, las palabras quién nos ha hecho tanto daño expresan resignación ante la normalización de la violencia que es posible entrever, pues no se sabe cómo nombrarla exactamente ni quién es responsable. Este quiebre sería un primer intento por pasar de la actitud natural a la sociológica, en especial cuando podemos identificar claramente en estas dos expresiones (México mágico; quién nos ha hecho tanto daño) ya dos tipificaciones del endogrupo.

Justamente acto seguido de haber explicitado la posibilidad de peligro, cuestionándonos por qué vemos lo que vemos, es decir, por qué la camioneta se nos presenta en la conciencia con esa lectura, Roberto usa una metáfora paradójicamente reveladora, responde: es como la oscuridad. Tal como lo plantea Roberto, es necesario entrar en un terreno meta-interpretativo, es decir, la respuesta de Roberto es ya su traducción del problema que le planteamos y que hasta ese momento formaba parte de su actitud natural, al confrontarlo, él explica en segundo grado su propio conocimiento del barrio. Es la conceptualización de su propio acervo barrial a partir de la síntesis cara a cara de nuestra entrevista. El análisis de esa metáfora a partir de los conceptos propuestos en el apartado metodológico es un nuevo ejercicio de traducción en cuanto categoría que sería una teorización de tercer grado que se mueve en el rango de la ciencia social, en la medida en que emplea conceptos aceptados-legitimados por la comunidad científica.

Entonces ¿qué es lo que quiere decir Roberto en segundo grado y por consiguiente nosotros aquí en tercero? Pone de relieve la posibilidad, la potencialidad del peligro, aunque al mismo tiempo, no haya nada por qué temer. De ahí que podamos diseccionar la inmediatez del cálculo que incluye observación, interpretación y acción, una simultaneidad que conjuga el espacio de experiencia junto a un horizonte de expectativa. Así pues, no se trata de un burdo todo está en la mente, sino que cuando vemos la camioneta nos ubicamos materialmente en el pasado, en su relación con la historia como contexto o pre-juicio que da forma a nuestra cultura y se revive en la vida cotidiana de lo que representa vivir en el barrio, haciéndose presente en el momento en que la camioneta está ahí, junto a su lectura: podría ser para secuestrar; y al mismo tiempo, nos ubicamos en el futuro, al simultáneamente concluir que la camioneta no cumple con todos los rasgos para ser una amenaza real, y por lo tanto no correr o huir, es decir, seguir caminando, lo que implica ya una acción razonable, mas no racional.

Lo anterior significa que la acción no está orientada a un objetivo bien delimitado con conocimiento de causalidad que permita identificar pasos específicos para alcanzarlo, sino que es pragmático, no praxeológico, porque pese al automatismo como actitud natural con la que se llega a esa conclusión de nuestra tríada conceptual (observación, interpretación, acción), es finalmente una acción orientada a un fin que, aunque carezca de reflexividad, es efectiva. Responde a la urgencia del momento. Esto no se trata de una alusión a una especie de funcionalismo acrítico que legitima una relación de poder. Tampoco es un estructuralismo como física social que hace de los agentes sociales máquinas, sino que se hace énfasis en ese acervo de conocimientos des-conocidos como sentido práctico sin el cual habitar el barrio sería imposible, pues al romper sus reglas internas como espacio pautado y controlado por el narco, se acrecienta la posibilidad de riesgo. Nuestra biografía, la historización y el flujo de nuestras vivencias se congregan en ese punto específico. Precisamente, sabemos identificar las señales, la cuestión es que no sabemos que sabemos. De hecho, no es que Roberto y nosotros hayamos tenido miedo al ver las camionetas, lo cual también es ya un síntoma de lo central que es la cognición, el hecho social de que se nos haya presentado ese pensamiento que buscamos teorizar.

Por lo tanto, no importa si aquella apreciación como aprehensión fenomenológica de la camioneta, fuera falsa, en el sentido de que la camioneta finalmente no fuera para secuestrar personas, sino el hecho de todo un proceso que puede ser explicado sociológica y antropológicamente en el que encontramos el indicio de que existe una consciencia narcomorfizada que hace sonar una especie de alarma tan pronto como aparece la resolución: no hay “verdadero” peligro. Aquí el entrecomillado es para hacer énfasis en que lo importante no está en la resolución, sino en el proceso para llegar a esa resolución que es razonable y no una locura en el marco de normalidad impuesto por el narco. Pues tan cierto es como que aquella fue una “falsa” alarma, como que esa cogitación es un hecho verdadero que aquí hemos documentado. Es ahí donde el análisis y reflexividad como sujeto-objeto de la investigación aparecen con respecto al problema del endogrupo: en nosotros mismos también están incorporadas esas habituaciones que permiten leer el barrio y desplazarnos en este de manera correcta a partir de las pautas que impone un paradigma de violencia principalmente proveniente del narco. Una lectura incorrecta costaría, en el caso más extremo, la propia vida.

En este punto es importante recordar la metáfora de la oscuridad dicha por Roberto, donde lo que importa no es tanto lo que es, como lo que puede haber y la manifestación de esa cognición que solo por el hecho de ser pensada e incluso verbalizada, también ya es, y eso es lo que nos interesa. Tampoco hay que perder de vista que esa metáfora como teorización de segundo grado, después nosotros, con la jerga propia que proviene de la actitud natural de la que somos producto, sintetizamos en primer grado con el lenguaje del endogrupo a través del coloquial trucha (lo cual significa estar atento, no dormirse, estar alerta; e implica otra tipificación) y que nuestro interlocutor reafirma para dar a entender que efectivamente nos hemos entendido. Roberto ha dicho ajá, con lo que quiere decir: sí, eso es lo que quiero decir. Nuevamente el código en conjunto como sentido común casi tautológico es lo que nos permite afirmar que las conclusiones como intento explicativo son correctas, o, dicho de otra manera, válidas en la lógica de la cultura nativa.

No obstante, a riesgo de reproducir su lógica interna haciendo de este trabajo simplemente un eco amplificador, lo relevante se encuentra en la conceptualización. Es por eso que, si decimos que es casi tautológico, es porque no se trata de una repetición o un pleonasmo, sino la confirmación del acervo barrial en la que se descartan los equívocos. Hace explícito ese des-conocimiento compartido de lo que significa la vida cotidiana de la ciudad en sus espacios marginales. Incluso lo podría confirmar cualquiera que sea uno de “nosotros”, y quiénes son “nosotros” sino las personas que habitan cada día las calles de barrios populares en un contexto de violencia en Guadalajara, donde hay señales que advertimos inconscientemente como parte de nuestra actitud natural para protegernos. Una especie de brújula o barómetro que mide la atmósfera del entorno junto a los actores que lo habitan, su peso específico y por ende cómo debemos comportarnos y qué papel dramatúrgico hemos de representar. Este saber defensivo que, de tan incorporado, ya no reparamos en su existencia.

En el caso de Roberto, lo que hizo activar esta brújula, fue una camioneta del tipo camión de helados; en el nuestro, era una camioneta parecida a una Combi Volkswagen. Al verla vacía, sin los asientos, vieja, estacionada en la calle, advertimos peligro. El pensamiento podría servir para secuestrar se hizo presente. Después cuando volteamos a nuestro alrededor, vemos un depósito de cervezas y se volvió evidente que la camioneta sirve para transportar alcohol. Sin embargo, insistimos en que lo relevante desde un análisis fenomenológico es la aparición de la cogitación podría servir para secuestrar. No importa aquí si eso era verdadero o falso como el hecho del conjunto de signos a partir de la información inicial disponible, donde se pone de manifiesto una narcomorfización de la consciencia. Luego entonces, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de esto? El contexto de violencia en la ciudad a partir de un actor muy específico, el narco. No podemos aquí trazar por el espacio todo el trasfondo de ese hecho minúsculo pero importante, pero es claro que la historia hecha cuerpo, somatizada incluso en el miedo y hasta en la paradójica tranquilidad, es parte de esa narcomorfización ya instaurada en varias generaciones. Sin embargo, sí podemos observar factores más contemporáneos como pistas para rastrear otros poderes que nos configuran culturalmente.

O: Como el de la moto, que dijiste que era robable también ¿Por qué?

R: Porque está muy sola. Está muy sola, no hay nada alrededor. A lo mejor vivir con mi papá que fue policía... fue policía, me arraigó mucho eso de percepción de peligro. De que no dejes esto solo en la calle porque lo pueden robar.

O: Yo creo que, aunque tu papá no hubiera sido policía, igual lo habrías pensado.

R: Yo creo que sí. Además de las casas, veo una casa bajita como esta y digo, se pueden meter muy fácil a robarse cualquier pendejada. […] Cancel bajito, no hay mucha seguridad. A lo mejor hay cámaras, pero si se tapa la cara no se va a ver.

O: ¿Y no te parece raro que veamos esas vulnerabilidades, aunque no seamos...?

R: No para robar no, pero piensa, hasta en las series dicen: “piensa como el ladrón para atrapar al ladrón”.

O: Pero nosotros no somos policías […]

R: […] Pero la furgoneta es o lo de la camioneta es algo muy general porque vemos que mucha gente se la llevan en camionetas […] Aquí, en Estados Unidos, yo creo que en cualquier parte del mundo funciona así.

O: ¿Y en tu día a día ves como esos peligros?

R: Fíjate que tengo que estar muy... ¿cómo lo digo? Muy poco... no debo estar como concentrado en otras cosas como para poder verlas.

O: Pero en cuanto lo necesitas salen, ¿no? […]

R: Sabemos cómo, sí, es verdad.

Nótese de hecho cómo aquí el lenguaje alcanza un umbral distinto al de la ortografía usual a partir del acervo barrial, pues al hablar de la moto o las casas, ya sea en su ubicación espaciotemporal, sus vulnerabilidades, o la facilidad de burlar su seguridad tapándose el rostro, el verbo robar se ve modificado atípicamente a robable. El trasfondo formativo como proceso histórico que configura la consciencia se manifiesta en lo más cotidiano de las palabras. Por otro lado, también debemos preguntarnos qué significa que un objeto esté solo. La condición de posibilidad de esa frase como tipificación del endogrupo solo se explica a partir de un contexto de violencia en el que se debe acompañar las cosas, es decir y traduciendo, vigilar permanentemente aquello que puede ser objeto de un crimen. ¿Y qué es potencialmente objeto de un crimen? Aquello que sea robable. ¿Y qué es lo robable? Aquello que el campo de experiencia del endogrupo nos hace percibir como tal, con lo que la fenomenología vuelve a presentar su utilidad. No importan tanto por ahora las características de lo robable, pues ya sería entrar en el campo de la criminalística, como que aquello pueda ser pensado y verbalizado. Ya sea alguna posesión propia o nosotros mismos, que no nos roben o que no nos secuestren, se inserta en el mismo acervo barrial defensivo para protegerse en la medida de lo posible, o lo que es lo mismo, en la medida de lo razonable bajo las reglas impuestas por el narco, contra el crimen.

Así, pues, la cuestión de la moto o la casa es muy similar a la de la camioneta, solo que aquí la acción es pasiva con respecto a la potencialidad de la amenaza de un vehículo. En este sentido, estos son solo dos ejemplos más como indicios de la narcomorfización de la consciencia. Sin embargo, esta afirmación debe ser matizada, no es tan sencillo como eso, pues el prefijo narco puede hacer surgir el equívoco de una totalidad causal, cuando en realidad es una generalidad si bien preponderante por el contexto, no la única. Se tienen que añadir más variables, es decir, así como antes apareció la televisión y los medios de comunicación como poder que atraviesa la configuración de la conciencia como elemento explicativo de por qué vemos lo que vemos, aquí aparece el factor familiar de la crianza de un joven cuyo padre es policía, lo que suma un poder más a la configuración cultural concreta.

Lo que sí podemos afirmar con más contundencia sobre este último fragmento de entrevista, es que da cuenta de una proyección de la narcomorfización es su carácter bifronte, pues lo más importante además de su interiorización encarnada en el sujeto mismo expresado en su persona, es su proyección al exterior como anteojeras o lente decodificador que funciona para conocer. Y es que cuando Roberto menciona que él cree que en cualquier parte del mundo funciona así (en alusión a la cuestión de las camionetas potencialmente con uso criminal para secuestrar personas) se evidencia una generalización (de hecho, él usa esa palabra) que no viene del mundo como experiencia total físicamente imposible, sino de la subjetividad producto del pequeño endogrupo del que formamos parte, lo que le hace pensar ilusoriamente en el carácter universal de su conocimiento. Aquí observamos entonces uno de los efectos de la actitud natural. No es pues una cuestión externa al sujeto entendida como objetividad del mundo, sino que el campo de experiencias de la objetividad que emana de la realidad inmediata, mundo local o endogrupo, es decir, lo que le da forma a su consciencia, a su vez, es lo que luego le da forma al cómo percibe. Se ve entonces que una consciencia narcomorfizada, narcomorfiza el resto de lo que observa.

Finalmente, el dicho y tipificación, piensa como ladrón para atrapar al ladrón, nos indica que funciona como un saber popular y barrial defensivo, pues no se usa de forma literal para decir que debemos capturar al criminal, como si fuéramos policías, sino para anticiparnos al posible peligro en un contexto de violencia y así poder evitarla lo más que sea posible. Y es que, además, se confirma la cuestión de la actitud natural cuando le cuestionamos a Roberto sobre cómo en su día a día detecta esos peligros, y dice en algo muy parecido a una doble negación: no debo estar concentrado en otras cosas para poder verlas. Es decir, que cuando se camina en automático por el mundo de la vida cotidiana de un barrio popular (y esto es así porque sería agotador estar en una permanente reflexividad y la consiguiente crisis existencial de nuestro propio acervo), sí se da cuenta de los peligros, pero no repara de forma consciente en ellos, simplemente el acervo ya sedimentado históricamente se moviliza cuando es necesario en sus tres respectivas fases de forma simultánea: observación, interpretación y acción. Por supuesto, alguien podría pensar que nosotros indujimos la respuesta al afirmar respecto al acervo de prácticas: pero cuando lo necesitas salen, sin embargo, debemos señalar que aunque sutil, de nuevo lo tácito es más revelador que lo literalmente dicho, pues he empleado ante Roberto la palabra necesitar, mientras solo hablamos de observación, es decir, lo implícito de la necesidad de la acción ante la detección de la potencialidad del peligro, da cuenta del automatismo como actitud natural indispensable a partir de un campo de experiencia y su respectivo horizonte de expectativa. Y esas obviedades precisamente porque se comparten y permiten la comunicación coherente a partir de una lengua, es que nuestro interlocutor y yo expresamos el verdadero sentido cultural del lugar que habitamos. De lo contrario sería cada uno una isla de locura con su propio lenguaje. Por lo tanto, no es inducción de la respuesta, sino consenso que da cuenta de la lógica interna del endogrupo en sus prácticas cotidianas a partir de una consciencia narcomorfizada, o lo que es lo mismo, colonizada por el narco.

Conclusiones

Cierto es que quedan más preguntas que respuestas a partir de lo que hemos tratado de desarrollar, pero ese es justamente el sentido de un artículo exploratorio como es el aquí presentado. A partir de esto algunas futuras líneas de investigación pueden ser dibujadas.

Una sería la transdisciplinariedad en el estudio en un contexto de violencia a partir del miedo, el peligro y la cultura, lo que vendría a exigir un cruce, al menos, entre la sociología, la biología y la psicología. Esto en alusión a lo mencionado por Roberto sobre el cerebro, detección de peligros y su analogía con la oscuridad. Ramas como el materialismo cultural se presentan como opciones interesantes para abordar estas cuestiones.

Por otro lado, podemos señalar que, con base en lo revisado en el estado de la cuestión y posterior análisis con el concepto de narcomorfización, hemos asentado un giro en relación a la narcocultura como disciplina de estudio. Del análisis de narcoestética y su aire clasista, hemos pasado a un enfoque sobre cómo los sujetos que no forman parte del narco conocemos el mundo y poseemos un acervo que hace que nos podamos desplazar en la ciudad, pero, sobre todo, conocerla, mirada que luego se proyecta al resto del mundo cuyas disonancias culturales resultan en otro punto interesante para futuras investigaciones. La narcomorfización sería entonces una narcoepistemología.

Ciertamente hay limitaciones en lo aquí expuesto, pues de entrada la entrevista base se inserta en el conocimiento de dos sujetos en un contexto urbano en Guadalajara. Serán necesarias exploraciones de un conjunto de acervos distintos, por ejemplo, otras ciudades cuyas lógicas de sus respectivos criminales dominantes hagan surgir variaciones, así como en lugares rurales ya sea en Jalisco u otras partes de México.

A propósito de lo anterior, debemos recordar a manera de conclusión que hemos mantenido el anonimato del barrio por seguridad, pero especialmente, para evitar la exotización turística como curiosidad antropológica y hacer énfasis en la posible generalidad de este análisis fenomenológico. Sin embargo, no es pese a esto sino gracias a esto, que la contrastación con la experiencia del lector, en especial para los que vivan en México, es decir, que sean parte del endogrupo, puedan dar cuenta de la hipótesis aquí propuesta. Sin embargo, también puede ser contrastada por investigadores extranjeros, que, al tener la ventaja metodológica de la toma de distancia, puedan observar aquellas normalizaciones y tipificaciones de nuestra actitud natural que hemos intentado analizar reflexivamente.

Precisamente esas tipificaciones reflejadas en el lenguaje, que debemos recordar, también es una expresión corporal desde las cuerdas vocales o las manos, muestra la lógica performática de apenas un barrio, pero que puede tener alcances al menos a la ciudad de Guadalajara, porque nuestra comprehensión del espacio que habitamos viene marcada por la historia compartida de la ciudad. Dicha sedimentación histórica y su relación con nuestra forma de ser, es una tarea que excede este artículo, en la que ya trabajamos, y que queda también como otra línea a seguir desarrollando. Nadie hasta el momento lo ha planteado de esta manera y es en este sentido que nuestro concepto de narcomorfización tiene su principal aporte.

Finalmente, podemos concluir que la narcomorfización de la consciencia como acervo también implicaría una deshumanización, un estado de derrota y resignación reflejada en sus habituaciones para tratar de prevenir o no provocar la violencia. La cuestión no es menor, porque baste recordar en medio de estas abstracciones conceptuales, que lo que está en juego es la propia vida, y ya no se trata solo de no ser asesinado y una muerte rápida, sino incluso evitar el sufrimiento lo más que se pueda, básicamente huir cotidianamente de la tortura ya sea directamente o a través de los seres queridos. De lo anterior baste recordar a algunas de las madres de los desaparecidos en México, quienes dicen que ya no buscan ni siquiera justicia, sino simplemente saber dónde está el cuerpo de sus hijos.